La marcha cambia para reducir el dolor y descargar las caderas
- Salto de conejo: mueve las dos patas traseras a la vez al correr o subir.
- Balanceo de la grupa: la pelvis oscila de un lado a otro al caminar.
- Rigidez: le cuesta levantarse después de descansar o caminar sobre suelo frío.
- Menos actividad: evita saltos, escaleras, carreras o paseos largos.
- La observación no basta: la confirmación requiere exploración veterinaria y pruebas de imagen.
Cómo camina un perro con displasia de cadera
El signo más reconocible es el “salto de conejo”. Al correr o acelerar, el perro impulsa las dos extremidades posteriores casi al mismo tiempo, en lugar de alternarlas con normalidad. Así reduce el movimiento independiente de cada cadera y limita el impacto sobre una articulación inestable o dolorida.
Al caminar despacio puede no hacer ese salto. En su lugar, quizá avance con pasos cortos, mantenga las patas traseras más juntas o parezca que lleva la grupa suelta. Yo prestaría especial atención al balanceo de las caderas visto desde atrás, sobre todo si antes no estaba presente.
| Lo que se observa | Qué puede significar |
|---|---|
| Salta con las dos patas traseras | Intenta disminuir el movimiento y la carga de las caderas al trotar. |
| Balancea la pelvis | Compensa la inestabilidad, el dolor o la debilidad del tren posterior. |
| Acorta el paso trasero | Puede haber rigidez o menor amplitud de movimiento en la cadera. |
| Carga más peso delante | Descarga las patas traseras cuando le resultan incómodas. |
La forma de moverse puede variar según la edad, el peso, el grado de artrosis y el tipo de superficie. Un perro puede caminar casi normal en casa y mostrar una cojera clara después de correr o sobre un suelo resbaladizo.
Otros signos que suelen aparecer junto a la marcha
La alteración del paso rara vez llega sola. Muchos perros muestran dificultad para levantarse, especialmente después de dormir, y necesitan varios intentos antes de ponerse en pie. También pueden sentarse de lado, dejar una pata trasera estirada o evitar una postura que antes adoptaban sin pensar.
En casa, los cambios más útiles de vigilar son estos:
- Rechazo a subir escaleras, saltar al coche o subir al sofá.
- Cojera intermitente en una o en las dos patas posteriores.
- Menor interés por correr, jugar o acompañar en paseos largos.
- Rigidez que empeora después del reposo o tras un ejercicio intenso.
- Resbalones, tropiezos o dificultad para mantenerse de pie.
- Pérdida de músculo en los muslos traseros por cargar menos peso.
En cachorros, los signos pueden aparecer durante el crecimiento y desaparecer durante algunos días, algo que lleva a confundirlos con un simple “dolor de crecimiento”. Yo no lo dejaría pasar si la alteración se repite, porque la cojera que va y viene también merece una revisión.
Una marcha sospechosa no confirma por sí sola la displasia
El salto de conejo es típico, pero no exclusivo de la displasia de cadera. Una lesión de ligamentos, una luxación de rótula, artrosis, dolor en la columna o incluso una herida en una almohadilla pueden cambiar la forma de caminar. Por eso, mirar un vídeo del perro y relacionarlo con el resto de los síntomas resulta más útil que intentar ponerle una etiqueta en casa.
También existe una diferencia importante entre la imagen de una cadera y el dolor que siente el animal. Algunos perros presentan alteraciones radiográficas llamativas y apenas muestran molestias, mientras que otros tienen un dolor considerable con cambios menos evidentes. El grado de la radiografía no siempre coincide con la limitación diaria.
No recomiendo abrir o forzar las patas traseras para comprobar la cadera. Las maniobras como el signo de Ortolani deben realizarlas profesionales, normalmente con sedación ligera, porque pueden causar dolor y no son una prueba casera fiable.
Cómo se confirma el diagnóstico en la clínica
El veterinario comienza preguntando desde cuándo cambió la marcha, si empeora tras el ejercicio y qué movimientos evita. Después valora la postura, la musculatura, la amplitud de movimiento y el dolor en las caderas, las rodillas y la columna. Esta revisión es esencial para no atribuir automáticamente toda cojera a la displasia.
La confirmación suele requerir radiografías de la pelvis y las caderas, a menudo con sedación para colocar al perro correctamente y evitar que el movimiento distorsione la imagen. En perros jóvenes también pueden utilizarse técnicas específicas para medir la laxitud articular, especialmente cuando todavía no hay artrosis visible.
Si el perro es cachorro y ya camina con rigidez, cojea o corre con las patas traseras juntas, conviene pedir cita pronto. Algunas opciones quirúrgicas solo tienen sentido durante determinadas fases del crecimiento, antes de que el desgaste de la articulación avance.
Qué hacer mientras llega la cita veterinaria
Hasta tener un diagnóstico, lo más sensato es reducir los movimientos explosivos sin inmovilizar completamente al perro. Los paseos cortos con correa, a un ritmo cómodo y sobre terreno estable, suelen ser preferibles a las carreras, los juegos de persecución y los saltos repetidos.- Mantén su peso corporal bajo control. Cada kilo extra aumenta la carga sobre las caderas.
- Coloca alfombras o superficies antideslizantes donde camine habitualmente.
- Evita escaleras, saltos al coche y juegos con giros bruscos.
- Utiliza una rampa si necesita subir al vehículo.
- No administres ibuprofeno, paracetamol ni otros medicamentos humanos.
- Pregunta por fisioterapia veterinaria y ejercicios de bajo impacto si el diagnóstico se confirma.
El tratamiento depende de la edad, el peso, el dolor, la artrosis y el estilo de vida del perro. Puede combinar control del peso, ejercicio dosificado, fisioterapia y analgésicos prescritos; en casos seleccionados se valora la cirugía. Los suplementos articulares pueden formar parte del plan, pero no sustituyen el control del dolor ni corrigen una articulación mal formada.
Cuándo no conviene esperar
Una cojera leve que se repite debe revisarse, pero hay situaciones que requieren atención veterinaria prioritaria. Acude cuanto antes si el perro no puede apoyar una pata, tiene dolor intenso, llora al moverse, ha sufrido un golpe o empeora de forma rápida.
También es urgente valorar la pérdida de equilibrio marcada, la debilidad repentina de las patas traseras, la incapacidad para levantarse o los cambios en el control de la orina y las heces. Estos signos pueden apuntar a un problema distinto o añadido a la displasia.
La mejor pista está en el cambio respecto a su forma habitual
No todos los perros con displasia caminan igual ni muestran todos los signos. Lo que más me orienta es comparar su movimiento actual con el de hace unas semanas y observar si el salto de conejo, el balanceo o la rigidez aparecen junto con menos ganas de jugar.
Graba un vídeo corto caminando y trotando, anota cuándo cojea y llévalo a la consulta. Esa información, junto con la exploración y las radiografías, permite decidir cómo aliviar el dolor y conservar la movilidad durante más tiempo. La displasia no tiene por qué acabar con los paseos, pero sí exige peso adecuado, ejercicio controlado y seguimiento veterinario.